La obligación moral, o el sentido del deber, es la disposición a realizar una acción o cierto tipo de acciones por el simple hecho de que ésta(s) es (son) virtuosas. Pero las acciones o las conductas, dice Hume, no pueden ser virtuosas en sí mismas, sino solamente por el motivo (principio mental, rasgo de carácter, o máxima) que las origina. Por lo tanto, aunque haya ocasiones en que una persona realiza acciones virtuosas solamente por obligación moral, eso no significa que el motivo correspondiente a esas esas acciones o conducta sea el sentido del deber. Si las acciones son virtuosas, quiere decir que su motivo propio es una máxima distinta que la de realizar acciones virtuosas en general.

Eso no impide que el respeto por las acciones virtuosas pueda ser la motivación efectiva por la que muchas personas las realizan (o se abstienen de ejecutar acciones viciosas). Lo que significa es que hay otros motivos por los que los miembros de una sociedad originalmente realizaban esas acciones y por los que en muchas cosas siguen realizándolas. La virtud de este motivo propio o máxima es el verdaderamente valioso. Las acciones o conductas que surgen de él sólo es valioso de forma derivada. Y el respeto por las acciones virtuosas sólo sería valioso por una segunda derivación. La primera máxima, el sustrato originario del valor, se llama obligación natural; la segunda obligación moral.

En una sociedad civilizada, la mayor parte de las acciones están motivadas por una obligación moral. Los individuos de la misma pueden haber obligado o mantener una referencia inconsciente a las causa originales de valor, lo que es tanto como no sentir la obligación natural. Sin embargo, sienten la fuerza de realizar las acciones consideradas socialmente como virtuosas y de abstenerse de las conductas socialmente consideradas como viciosas.

En una sociedad así, y como miembro adaptado a una sociedad así:

... mi respeto por la justicia y mi aborrecimiento por la villanía y el fraude tienen que ser ya razón suficiente, con sólo que me quede algo de honestidad o de sentido del deber y la obligación.+++^*[ref.|TNH 3.2.01.09]TNH 3.2.01.09===

Hume está seguro de que esta motivación es justa y suficiente para para un hombre civilizado, formado [ya] según una determinada disciplina y educación." Pero ese hombre ignora de dónde proviene originalmente el valor de las acciones justas (como es la del ejemplo: devolver, cuando el plazo se haya cumplido, el dinero que me haya sido prestado con la condición de devolverlo).

Un hombre civilizado puede realizar acciones por mero sentido del deber, o sea, por obligación moral.

Por ejemplo, un hombre que no sienta gratitud, puede sin embargo sentir placer o alivio al realizar acciones de agradecimiento, por pensar que de esa forma cumple con su deber. ¿Cómo ha llegado a eso?

Cuando un motivo o principio de virtud es común a la naturaleza humana, la persona que siente faltar en su corazón ese motivo puede odiarse a sí misma por ello y realizar la acción sin la existencia del motivo, basándose en un cierto sentido del deber, y con la intención de adquirir con la práctica ese principio virtuoso [tan común y por ello requerido], o al menos con la intención de ocultarse a sí misma en lo posible la ausencia de dicho motivo. (...) En principio, las acciones son valoradas únicamente como signos de [sus] motivos [y faltando estos, la persona tendrá que desvalorarse]; pero lo mismo en este caso que en todos los demás, lo normal es que acabemos fijando nuestra atención, olvidando hasta cierto punto la cosa significada [y valorándonos mucho más elevadamente]. +++^*[ref.|TNH 3.2.01.08]TNH 3.2.01.08===

Este fenómenos de "fetichización" (para aprovechar un concepto acuñado por Marx, aunque despojándolo de su peyorativa connotación) por el que la costumbre nos lleva a considerar exclusivamente el signo en vez de la cosa significada (aquí, la acción en vez de la máxima o el motivo) es uno de los factores que permiten la formación de obligaciones morales a partir de las naturales, y de que las primeras puedan reproducirse y extenderse mucho más fácilmente por una población numerosa. No obstante, la fuente del valor sigue siendo el motivo original, y no el sentido del deber.

... aunque existan ocasiones en que una persona realiza una acción simplemente por respeto a la obligación moral de esa acción, esto mismo sigue suponiendo [que normalmente hay] en la naturaleza humana algunos principios distintos, capaces de producir la acción, así como [el hecho de] que la belleza moral [o sea, la normalidad del motivo] es lo que convierte la acción en meritoria.+++^*[ref.|TNH 3.2.01.08]TNH 3.2.01.08===

Aunque la explicación anterior de la obligación de devolver el dinero sea suficiente para hombres civilizados y disciplinados, no lo es, pues en absoluto, para un hombre "en condición más ruda" o que no haya fetichizado las acciones que son comunes entre sus semejantes. A él, no es posible explicarle este deber, esta obligación, sin apuntar a algún principio natural en la naturaleza humana. ¿Qué es un motivo natural y por qué es virtuoso?

Los motivos virtuosos (o así valorados) que están a la base de **otras** obligaciones morales son, por ejemplo, el afecto natural por los hijos (que se considera virtuoso, y es la razón de que consideremos virtuosa la conducta de procurar su bienestar), el sentimiento natural de humanidad o humanitarismo (que también consideramos virtuoso, y constituye la causa de que sean virtuosas las acciones caritativas como ayudar y consolar, etc.), la gratitud (también considerada virtuosa, y capaz de transmitir su cualidad a actos como el encomio a quien nos procura, etc.).

¿Cuál sería el motivo en la naturaleza humana que explique la virtud de abstenerse de la propiedad ajena?

Es necesario encontrar ... algún motivo de los actos de justicia y honestidad que sea distinto de nuestro respeto por la honestidad ... +++^*[ref.|TNH 3.2.01.10]TNH 3.2.01.10===

Hume recorre los candidatos probables, y concluye que no puede ser ninguno (revisa la preocupación por nuestro interés privado o egoísmo, el respeto al interés público, el amor a la humanidad, la simpatía y el respeto por los intereses de nuestra contraparte (o amor al prójimo)).

Y al no haber ningún motivo natural, sólo le queda concluir que la abstención de la propiedad ajena se derive de nuestro respeto por la virtud de la acción, y a la vez que esta acción es virtuosa porque se sigue de nuestro respeto por la propiedad privada. Lo que constituye un círculo vicioso, o un absurdo.

De todo esto cabe deducir que no tenemos otro motivo real o universal de observancia de las leyes de la equidad que no sea la equidad misma y el mérito de esta observancia; y como no hay acción que pueda ser justa o meritora cuando no surja de algún motivo separado [que sea virtuoso], se produce aquí un evidente sofisma en círculo. Por consiguiente, a menos que admitamos que la naturaleza ha puesto un sofisma como fundamento, y lo ha impuesto como necesario e inevitable, deberemos conceder que el sentido de la justicia y la injusticia [que es el motivo separado] no se de deriva de la naturaleza, sino que surge de un modo artificial aunque necesario de la educación y las convenciones humanas.+++^*[ref.|TNH 3.2.01.17]TNH 3.2.01.17===

Tiene que ser necesario, pues si fuera accidental no adquiriría la belleza moral que adorna a lo común.

En efecto, nuestra aprobación o censura dependen de la fuerza [menor o mayor] que ejercen sobre la naturaleza humana [esas pasiones llamadas a fundar la virtud de las conductas]. Al juzgar de la belleza de los cuerpos de los animales tomamos siempre en consideración la economía de una determinada especie, y de este modo, cuando los miembros y el aspecto general de un animal guardan proporción común a su especie decimos que son agradables y bellos. De igual forma consideramos en todo momento la fuerza natural y usual de las pasiones cuando juzgamos del vicio y la virtud, y si las pasiones se apartan mucho de las medidas comunes por alguno de los extremos, son censuradas por viciosas. Un hombre ama naturalmente más a sus hijos que a sus sobrinos, a éstos más que a sus primos y a éstos ... más que a los extraños, siempre que todas las demás circunstancias sean iguales, De aquí es de donde surgen nuestras reglas comunes del deber, prefiriendo unos a otros. Nuestro sentido del deber sigue en todo momento el curso común y natural de nuestras pasiones. +++^*[ref.|TNH 3.2.01.18]TNH 3.2.01.18===

Así se fomra nuestro sentido vulgar de la justicia.
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